Marc sale del centro un martes de febrero, o un jueves, ya no lo recuerda bien. Las primeras semanas la pasa en los pirineos con su padre, sin tocar la guitarra, sin salir apenas.
La tercera semana se va a Madrid y escribe a Iria nada más llegar, pero ella no contesta.
Insiste dos días después. Nada.
Al tercer intento, ve que no hay señal.
Se queda mirando la pantalla un rato largo, sin saber qué hacer con esa certeza tan concreta: Iria lo ha bloqueado.
Llama a Pablo.
—Necesito que le digas algo. Que estoy bien. Que necesito hablar con ella.
—Marc.
—Pablo, por favor.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque… porque ya lo hice otras veces, y otras veces pasó lo mismo siempre, y ella tuvo que recoger los pedazos. Esta vez no.
—No le pido que recoja nada. Solo que me deje hablarle.
—Ya sé lo que le pides. Pero no, Marc. Esta vez no. Al menos no a través de mí.
Cuelga. Marc se queda con el móvil en la mano, marca otro número.
—Anna.
—Marc, no.
—Ni tan sols saps què et vull demanar.
—Sí que ho sé. I la resposta és no.
—Anna…
—Marc, l’estimo, i per això no vull ser jo qui li torni a obrir aquesta porta. Busca una altra manera, si tant ho necessites.
Cuelga también. Marc se queda solo, la ciudad entera pareciéndole de golpe un lugar sin ninguna entrada posible hacia ella.
Deja de intentarlo. Pasan cuatro días.
Al quinto, no puede más. Coge el teléfono de Juan, escribe:
«Iria, sé que no quieres verme, pero es importante que hablemos. Tengo que decirte algo».
Lo manda. Espera.
Iria lee el mensaje esa misma noche, la pantalla iluminándole la cara en la oscuridad.
No contesta. Duerme mal esa noche, y la siguiente.
Al tercer día, desbloquea el número de Marc y le escribe:
«Ok. En el bar de siempre, mañana a las 10h».
Al día siguiente, Marc llega a las nueve cincuenta, como siempre, diez minutos antes de la hora que Iria lo había citado.
Iria ya está ahí, sentada en la mesa del fondo, un café ya terminado delante, se pide otro.
Marc se sorprende, se queda un segundo de pie antes de sentarse. Iria mira su camiseta antes que a él, lee para sí «Mishima».
Cert, clar I breu, repite en voz baja.
—Ya estás aquí.
—Sabía que llegarías diez minutos antes. Así que llegué veinte.
—Per què?
—Porque necesitaba ese tiempo. Para ordenar las ideas.
Marc se sienta, las manos sobre la mesa, sin saber muy bien dónde ponerlas.
—Iria, vull demanar-te perdó.
Ella no dice nada. Coge una servilleta, empieza a doblarla, despacio en cuatro pliegues, sin mirarlo del todo.
—Per les recaigudes. Per no haver sabut aguantar quan marxaves. No és ni era culpa teva. No ho és, no ho era.
Iria sigue doblando la servilleta. Ahora tiene la forma de un barquito, pequeño, preciso.
—Res és culpa teva, Iria.
Ella termina el barco, lo deja sobre la mesa, sin levantar la vista todavía. Sin decir nada cuando Marc termina de hablar. El silencio se alarga.
—Digues alguna cosa.
Levanta los ojos, por fin. Sin querer su mirada se posa en la chapa de Belle & Sebastian que lleva en el bolso. Recuerda el primer Summercase, con 19 años.
—No te perdono, Marc.
Marc se muerde las uñas un segundo y luego vuelve a poner las manos sobre la mesa.
—No me importa ser injusta, insensible, el adjetivo que más te guste, no me importa nada de eso. Estoy enfadada.
Marc va a decir algo, lo intenta, pero finalmente no dice nada. Es como si las palabras se le quedasen a mitad de camino.
—Creo que nunca me permití estarlo antes. Siempre era tristeza, miedo, añoranza, pena.
Mira el barco de papel un momento, sin tocarlo.
—Pero nunca rabia. Hasta ahora.
—Iria…
—No.
Bebe un trago del café que probablemente ya esté frío, hace una mueca, lo deja otra vez.
—Me dejaste sola, cuando volví ya no estabas, ya no eras tú, y eso —se le corta la voz, se recompone rápido, casi con rabia por tener que hacerlo— eso no te lo perdono. No te perdono que no me buscaras. Que… que en vez de buscarme te metieras todo lo que pillaras.
Marc aprieta los dientes, las manos quietas sobre la mesa.
—Tengo mil páginas escritas sobre nosotros. Mil, Marc.
Deja el número ahí, sin explicarlo más.
—Cada recaída, cada silencio tuyo, lo convertí en algo que me ayudara a entender, a hacerlo más soportable.
Marc baja la vista, la mesa, el barco de papel, cualquier cosa que no sea su cara.
—Me dejaste sola con todo el peso del mundo. Máscaras. Filtros. Gente insoportable. Relaciones superficiales.
Se seca los ojos con el dorso de la mano, un gesto rápido, casi violento.
—Y sabiendo… con el conocimiento de… de, no sé cómo llamarlo… de una conexión que no volvió a aparecer nunca más. Sabiendo que eso existía.
En la barra, alguien se ríe de algo, ajeno a todo esto.
—Y aun así, ¿sabes qué? Espero enamorarme otra vez algún día.
Marc levanta la vista y esta vez sí la mira.
—Y eso te lo debo a ti. Me enseñaste que podía querer a alguien así.
—Iri…
—No es perdón. No te confundas. Es negación… me niego a pensar que no volveré a sentir esto por nadie más, me niego. No sería justo para mí.
Se levanta, coge el bolso. Marc quiere decir algo pero las palabras no le salen.
—No te perdono, Marc. No quiero saber nada de ti. Llámame egoísta si quieres, probablemente lo esté siendo. Pero no te perdono.
Marc abre la boca, la mano subiendo un poco de la mesa, como si fuera a alcanzarla.
No llega a tocarla. Su mano se queda en el aire.
Iria camina hacia la puerta sin girarse. La campanilla suena.
Marc la ve irse a través de las ventanas del bar.
