—Contestaste rarísimo a lo del disco.
—Vaig contestar el que em van preguntar.
—Ya, pero te preguntaron con ganas de charla, y tú contestaste como quien rellena un formulario.
—Volien saber com anava el disc. Ellos lo dijeron, ¿no?
—»Va bé». Dos palabras, Marc.
—Anava bé. Què més volien saber?
—No sé, cualquier cosa. Cómo va la grabación, qué tal el estudio, si estás contento.
—Si me hubiesen preguntado eso, habría respondido a eso.
—Nadie te pregunta exactamente lo que quiere saber. Se supone que tienes que rellenar tú el resto.
—Per què?
—Porque así funciona. La gente pregunta poco y espera que contestes mucho.
—Això no té sentit.
—Ya lo sé que no lo tiene. Pero es así.
Marc se queda callado un momento.
—Doncs no ho faré mai bé.
—No es que lo hagas mal.
—Ho fas sonar com si ho fes malament.
—No. Solo digo que es distinto.
Silencio unos segundos.
—A mí me gusta —dice Iria—. Que cuando contestas, contestas de verdad.
—Ja ho sé que sóc raro.
—No he dicho raro.
—Ho has pensat.
—No lo he pensado.
—Sí.
—Vale, un poco. Pero en el buen sentido.
—No hi ha un «bon sentit» de ser raro.
—Sí que lo hay.
—Digue’m quin.
—El de que en una mesa donde todos rellenan el silencio con cualquier cosa, tú eres el único que se calla si no tiene nada que decir.
Marc lo piensa.
—Això només és no mentir.
—Pues para mí es raro. En el buen sentido.
—Ja has dit «en el buen sentido» dues vegades.
—Porque necesito que te quede claro.
—M’ha quedat clar la primera vegada.
—¿Entonces por qué preguntas por qué digo raro?
Marc se queda callado un momento, mirándola.
—No ho sé. M’agrada que ho repeteixis.
