Ediciones desde el borde

Artesanía editorial

Lenguaje


No miró cuando se abrió la puerta del bar. Solo escuchó la voz de él, el padrino que le habían asignado años atrás.

—Marc.

La voz de Loren. Marc no se giró.

Loren se sentó en el taburete de al lado. No dijo nada durante un momento. Pidió agua. La bebió despacio. Miró al frente igual que Marc miraba al frente.

—¿Cuánto llevas aquí?

—Un rato.

—¿Cuántos?

Marc miró el vaso.

—Tres.

Siguieron en silencio. El ruido del bar alrededor. Alguien con una guitarra en el rincón del fondo tocando algo.

—¿Tienes el móvil?

—Sí.

—¿Tienes las llaves?

—Sí.

—Bien —Loren dejó el vaso de agua en la barra—. Entonces vámonos.

Marc no se movió de inmediato. Loren esperó hasta que finalmente Marc se levantó y salieron.

—¿Al piso? —dijo Loren.

—Sí.

Los pasos de los dos en el pavimento. Marc contando sin querer: baldosas, pasos, el tiempo entre una farola y la siguiente, la duración del semáforo en rojo. Loren lo escuchaba contar en voz baja.

—¿Quién es? —dijo finalmente Loren.

Marc no preguntó cómo lo sabía. Loren siempre lo sabía, sabía cosas. Era parte de lo que era.

—Se llama Iria —dijo.

Loren no preguntó más. Había tiempo. Estaba el piso, y la noche, y Marc que cuando estaba listo hablaba con la misma precisión con que hacía todo lo demás.

Llegaron al portal.

Marc abrió.

Subieron.



Marc se sentó en el suelo. La espalda contra la pared.

Loren en el sofá.

—¿Cuánto tiempo lleváis?

—Años… Con interrupciones. Muchas interrupciones.

—¿Qué tipo de interrupciones?

Marc miró el suelo.

—De todo tipo.

Loren no sabía qué decir.

—Ella se va a veces —dijo Marc—. No de mí exactamente. Se va. Coge un bus, una bici. Necesita moverse… Y yo me quedo contando los días.

—¿Los días?

—Siempre. Desde el principio…Tengo muchas fotos suyas, ¿sabes? Las miro.

Loren no dijo nada.

—És la única persona amb qui no he de gestionar res. Estoy y ya está. Ella está y ya está. No tengo que pensar. No tengo que medir nada… No sé si me explico.

—Te explicas.

—Dos personas que… —Marc buscó cómo decirlo—. Que se leen. Que no necesitan terminar las frases porque el otro ya sabe dónde van… Que a veces es demasiado para los dos.

—¿Demasiado cómo?

—Demasiado —Marc no añadió más.

—¿Qué pasó esta noche?

Marc dibujaba círculos en el dorso de su mano.

—Fui a su piso a buscar algo… Y olí su perfume.

Loren esperó.

—Todavía estaba en el aire. Diecisiete días y todavía estaba ahí… No sé cómo terminé en el bar. No lo decidí. Estaba en el piso y luego estaba en el bar.

—¿Y entre medias?

—Nada.

Loren lo miró.

—¿La quieres?

Marc tardó en responder.

—Elle canvia els astres de lloc —dijo en voz baja.

—¿Qué significa en español?

—Es una canción.

—¿Pero qué significa?

—Iria, significa Iria.



El teléfono de Marc vibró en el suelo.

Lo miró.

Loren lo miró a él.

El nombre en la pantalla. Una vez. Dos.

Marc no lo cogió de inmediato. Necesitó un segundo para que su sistema procesara que era real. Que era ella. Diecisiete días y ahora el teléfono vibrando en el suelo del piso con su nombre en la pantalla.

Lo cogió en el tercer tono.

—Iria.

Silencio al otro lado. Breve. El tipo de silencio de alguien que ha marcado el número y ahora que ha descolgado no sabe exactamente por dónde empezar.

—Hola —dijo ella.

Marc no pudo decir nada. Esperó.

—Sé que es tarde —dijo Iria.

—No importa.

Otro silencio. Loren se levantó despacio del sofá. Sin ruido. Fue a la cocina y cerró la puerta con cuidado, que era también un lenguaje que llevaban años perfeccionando.

Marc solo en el salón. La espalda todavía contra la pared. La guitarra cerca.

—¿Estás bien? —dijo Iria.

Marc tardó.

—Ara sí.

—He cogido un bus —dijo Iria—. Sin saber muy bien por qué. Me bajé en Cádiz.

—¿Cádiz?

—Cádiz… He estado andando todo el día… Y en algún momento me he sentado en un banco y me he dado cuenta de que te echaba de menos.

Marc cerró los ojos.

—No sé por qué me fui —dijo Iria—. No lo sé todavía. Pero sé que no era por lo que pensaba que era.

—¿Qué pensabas que era?

—Que ya no quería estar… Pero no era eso.

—Ya lo sé —dijo Marc.

—¿Lo sabías?

—Sí.

Silencio, de esos largos.

—¿Por qué no me llamaste? —dijo Iria.

—Porque si te llamaba te saturaba más. Y necesitabas el bus y la playa y Cádiz para llegar a esto tú sola.

Iria no dijo nada durante un momento.

—Diecisiete días —dijo finalmente.

—Diecisiete.

—Los contaste.

—Sempre. 

Otro silencio. Más blando este. Del tipo que no necesita llenarse.

—Vuelvo mañana —dijo Iria.

Marc abrió los ojos. La guitarra. El suelo. El piso en silencio con Loren al otro lado de la puerta de la cocina.

—D’acord.

—Marc.

—Sí.

—Necesito que sepas que no sé por qué me pasa esto. Que me voy sin saber que me voy hasta que ya estoy fuera. Y que no tengo el lenguaje todavía para avisarte antes.

—Ho sé. 

—¿Y puedes estar con eso?

Marc tardó.

—Puc estar amb qualsevol cosa que sigui teva.

—Mañana —dijo Iria.

—Mañana —dijo Marc.

Colgaron.

Marc se quedó con el teléfono en la mano. La pantalla apagándose. El nombre de ella desapareciendo.

La puerta de la cocina abriéndose despacio. Loren asomando la cabeza.

Marc lo miró.

—Vuelve mañana.



Eran las siete y veinte cuando sonó la llave en la cerradura.

Marc estaba despierto. Llevaba un rato, no sabía cuánto, había dejado de contar en algún momento entre las cuatro y el amanecer. Dos horas, quizás algo menos. El techo liso. El ruido de dentro menos intenso que el de la noche, pero seguía ahí.

La llave. La puerta.

No se movió.

Oyó el ruido de la mochila dejándose en la entrada. Los pasos de Iria. Los conocía, los habría reconocido en cualquier sitio y en cualquier oscuridad. El sonido específico de sus pies descalzos en el suelo cuando se quitaba los zapatos antes de entrar del todo.

La puerta del dormitorio abriéndose despacio.

Iria en el umbral. La luz del pasillo detrás. Marc mirándola desde la cama.

No dijeron nada.

Iria entró despacio. Se sentó en el borde de la cama o en una silla que había justo al lado, ya no lo recordaba con exactitud, lo qué sí recordaba es que miró a Marc y que él la miró a ella.

Tenía el pelo diferente, el de alguien que ha dormido en algún sitio que no era su cama y ha cogido un bus de madrugada sin reparar mucho en su aspecto. Los ojos cansados pero presentes. Esa forma suya de mirar cuando no apartaba.

Le puso la mano en la cara.

Marc cerró los ojos.

La mano de Iria. La temperatura específica de ella. La presión exacta, suficiente para registrarse sin ambigüedad, sin el ruido de lo leve.

—Has dormido poco —dijo ella.

—Dos horas.

—¿Y antes?

—Pensaba.

—¿En qué?

—En el lenguaje —dijo Marc—. En que necesitamos el lenguaje.

Iria no dijo nada inmediato. La mano quieta seguía en su cara.

—Sí —dijo finalmente.

Marc la miró. Iria pensó, otra vez, que los ojos de Marc eran mucho más azules de lo que recordaba.

—Bebí —dijo finalmente Marc.

—Ya… lo sé.

—Te lo digo igual.

—Ya lo sé también…

—Y… tu padrino… ¿Se fue hace mucho?

—Sí. Se fue a la una.

Marc observaba a Iria, veía cómo lo procesaba, la información entrando, organizándose, encontrando su lugar. El retraso habitual de aquello que no registraba en tiempo real. La forma en que su cara no decía nada todavía aunque dentro estuviera pasando todo.

Esperó.

—Me fui sin decirte que volvía

—Sí.

—Y tú leíste eso como… como algo definitivo.

—Sí.

—Y bebiste.

—Sí.

Iria retiró la mano de su cara. La dejó en la cama entre los dos. Marc la miró. Puso la suya encima.

El pulgar encontró el lugar de siempre. Círculos pequeños en el dorso.

—La próxima vez —dijo Iria— te digo que vuelvo. Aunque no sepa cuándo. Aunque no sepa por qué me voy. Te digo que vuelvo… Aunque.

—D’acord.

—Y tú no bebes.

—No.

—¿Me lo dices porque es verdad?

Marc continuaba con los círculos en la mano de Iria.

—Perquè és veritat.

El azul, pensó Iria. El de la voz de Marc cuando volvía.

Se tumbó a su lado. Marc la rodeó. El peso de los dos juntos, los bordes, esos bordes de sus cuerpos apareciendo, esa información que los dos no habían tenido durante diecisiete días y que llegaba ahora entera y de golpe.

Iria respiró.

Lento.

El sonido de alguien que ha estado sosteniéndose sola durante demasiado tiempo y acaba de poder soltarlo.

Marc contó.

No días esta vez. Solo la respiración de ella bajando. El momento exacto en que su sistema encontró el suelo.

Cuarenta y dos segundos.

Luego el silencio de los dos.

Fuera el día empezaba. Dentro solo había esto.

—La propera vegada —dijo Marc en voz muy baja— digues-me que tornes.

—La próxima vez —dijo Iria— te digo que vuelvo.