Iria estaba concentrada, como en algún lugar que no coincidía con el lugar en el que estaban los demás, cebaba el mate cuando Rodrigo preguntó qué era eso.
—Mate —dijo Iria.
—¿Como el ajedrez?
Iria cebó.
—Como la infusión.
Le explicó. Yerba mate, calabaza, bombilla, termo con agua a ochenta grados, no hirviendo, nunca hirviendo, y no se mueve la bombilla, eso es importante, no — se — mueve — la — bombilla.
—¿Por qué no se mueve?
—Porque no se mueve.
Rodrigo asintió como asiente la gente cuando acepta una norma que no entiende pero que tampoco va a discutir en ese momento.
—¿Está bueno?
—Es… amargo. Activa más que el café. Pero va más lento.
—Ah.
—¿Quieres?
Rodrigo quiso.
Iria cebó. Se lo pasó.
Rodrigo lo cogió y se quemó.
—Quema.
—Sí —dijo Iria—. Ochenta grados.
—Podrías haberlo dicho antes.
—Lo dije.
Rodrigo sopló. Bebió un sorbo y lo devolvió.
—Gracias.
El mate estaba a medias.
Sandra preguntó si podía probar.
Iria cebó. Se lo pasó. Sandra movió la bombilla.
—No… no muevas la bombilla —dijo Iria.
Sandra retiró la mano.
—Perdona.
Bebió un sorbo pequeño. El gesto de alguien prudente que prueba algo que no sabe si le va a gustar y ya ha decidido que no le va a gustar antes de probarlo.
Lo devolvió.
—Merci.
El mate estaba a medias.
Iria cebó, con la calma que demanda el mate.
Le ofreció a Tomás que llevaba diez minutos mirando la calabaza con la expresión de alguien que evalúa una situación de riesgo moderado.
—¿Es como el té?
—No.
—¿Como… el café?
—No.
—¿Entonces como… como qué?
—Como el mate —dijo Iria.
Tomás lo cogió. No movió la bombilla y estuvo atento a no quemarse. Luego bebió. Asintió con la cabeza, como quien no tiene claro aún si le gusta o no.
Lo devolvió.
—Gracias.
El mate estaba a medias… otra vez.
Iria miró la calabaza.
Llevaba cuatro mates circulando y ninguno había llegado a vaciarse y todos habían devuelto dando las gracias y el gracias era el problema. El gracias significaba que lo consideraban terminado (aunque ellos no lo supieran). Que lo trataban como algo que se prueba y se devuelve, no como algo que se bebe hasta el fondo y se devuelve para que te ceben otro y te lo vuelvan a pasar.
El protocolo no existía aquí.
El protocolo estaba en otro sitio y ella lo había traído sin el manual y ahora estaba sola con la calabaza y cuatro mates a medias y la asamblea continuaba con el punto dos del orden del día.
Cebó.
Se lo quedó.
—¿Ya no le das a nadie más? —dijo Rodrigo.
—No —dijo Iria.
—¿Por qué?
Iria miró la bombilla. La calabaza. El termo.
—Porque nadie ha terminado el suyo.
Rodrigo puso cara de duda.
—Yo lo he terminado.
—No lo terminaste.
—He.. he bebido.
—Beber y terminar… no son lo mismo.
Rodrigo quiso rebatirle a Iria. Pero se que quedó en la intención. Decidió, correctamente (o quizá no tan correctamente), que no era el momento de ponerse a discutir la epistemología del mate en una asamblea de brigadas vecinales un martes por la tarde.
Iria cebó.
Bebió.
Cebó otro.
La asamblea continuó. Punto tres del orden del día.
La calabaza pasó el resto de la reunión en manos de Iria.
El protocolo, en ausencia de alguien que lo conociera, no podía circular.
Era una lástima.
Era también, pensó Iria mientras cebaba, perfectamente kafkiano.
Aunque eso no lo dijo en voz alta porque habría requerido una explicación y la explicación habría requerido otro mate y el mate no iba a llegar al fondo de todas formas.
