Quedaron cerca del estanque, en el Retiro. Iria llegó en su bicicleta azul, que no quiso encadenar; la llevaba al lado de ella, como solía hacer. Aunque era tarde, todavía había gente paseando; la luz de febrero era baja y horizontal,se colaba entre los árboles.
—¿Sabes algo de Marc?
Iria tarda un momento.
—No. Nada. Creo que se fue una temporada a Barcelona. Tampoco he querido indagar mucho.
—¿No?
—No… Y no quiero que me cuentes lo que sabes. ¿Cambiamos de tema?
—Ok.
Siguen caminando. Un momento de silencio que no molesta, que es cómodo.
—¿Has vuelto a quedar con Marta?
Anna sonríe de una forma que ya es una respuesta antes de hablar.
—Sí. Varias veces. Pronto quizá la presente en sociedad.
Iria se ríe.
—¿Es muy diferente a cuando estabas con Víctor?
—No hay punto de comparación… El sexo es otro nivel, Iria. Tienes que probar con una chica alguna vez. Es infinitamente mejor.
—Me lo apunto.
—Te lo digo en serio.
—Ya, ya.
Anna la mira de reojo.
—¿Y el chico gacela?
—¿Quién?
—El de las piernas largas.
—Ah —Iria sonríe—. Largas y finas.
—Ese.
—Quedamos a un café el otro día. Me contó que le gustan las revistas y los vídeos de construcciones. Que es adictivo, que una vez que empieza no puede parar.
—¿Y eso te gusta?
—Me gusta la gente que tiene intereses digamos… insistentes. Se me hace raro la gente que no los tiene.
—¿Y sus piernas?
—Me siguen gustando.
Las dos se ríen.
Pasan por delante del estanque. Unos niños corren cerca del borde, alguien los llama.
—Es curioso lo tuyo —dice Anna—. Porque con Diego te pasó algo parecido. Te gustó por el pelo.
—Sí, por los rizos —Iria lo dice despacio, como recuperando algo—. Y mucho. No me lo podía quitar de la cabeza. Hasta que se lo cortó.
—¿Y ya?
—Y ya… Qué absurdo. Solo de decirlo me siento ridícula.
Anna se ríe.
—Con este lo vas a tener más complicado.
—¿Por qué?
—Porque las piernas…
Iria suelta una carcajada.
—Qué bruta eres.
CONOCIENDO
Están en el piso de Anna. Marta con las piernas cruzadas en el sofá, Anna en el suelo apoyada en sus rodillas, la botella de vino entre las dos.
—Quiero que conozcas a una amiga.
Marta la mira.
—¿Sí?
—Mi mejor amiga. La conozco desde que llegué a España. Cuando vine de Erasmus. Se llama Iria, es chilena.
—Una checa y una chilena —Marta sonríe—. Buena mezcla. ¿Es solo amiga?
—Sí. ¿Qué más quieres?
—No sé. Un ligue, tal vez.
—No —Anna lo dice sin dudar—. Tú eres la primera chica con la que estoy.
Marta la mira un momento. Coge la copa.
—¿Y ella lo sabe?
—¿El qué?
—Que soy la primera.
—Sí —Anna sonríe un poco—. Me lo preguntó directamente.
Marta bebe un poco más.
—¿Iria es la que me contaste del novio yonki?
—No lo llames así. No me gusta.
—¿Cómo lo llamo?
—Marc. Se llama Marc… Y hace rato que ya no están juntos.
—¿No? ¿Qué pasó?
—Terminaron. Marc ahora está en… en un centro de rehabilitación.
Marta no dice nada durante un momento. Juega con la copa mirando los bordes.
—¿Qué número de recaída es?
—Es la primera vez que está internado. ¿Por qué?
Marta mira hacia la ventana y luego vuelve a mirar los bordes de la copa.
—Mi tío. El hermano de mi madre. Fue yonki — y no me corrijas, es lo que era. Estuvo internado varias veces. La última no salió.
—Joder, Marta. Lo siento.
—No lo sientas. Es lo que hay… No tiene cura eso, Anna. O lo dejan del todo o no lo dejan… Mi abuela lo pasó muy mal.
Anna deja la copa en el suelo.
—Oye.
—¿Qué?
—Si vas a hablar así delante de Iria, no te la presento.
—No te estoy diciendo que se lo digas a ella. Te lo digo a ti.
—Da igual. No quiero ese marco cerca de ella ahora mismo… Ni de Marc.
Marta coge la botella. Rellena las dos copas sin preguntar.
—De acuerdo —dice—. No digo nada.
—Gracias.
—Pero Anna.
—¿Qué?
Marta la mira. Con la mirada honesta de quien ya pasó por esto.
—Que no se diga no significa que no sea verdad.
Anna no responde.
