Ediciones desde el borde

Artesanía editorial

Eco


Marc la miró sin responder enseguida.

Iria estaba ahí, de pie en el umbral, con una mano todavía en el pomo de la puerta y la otra sobre el lomo del galgo enorme que se había pegado a su pierna. Llevaba un jersey viejo, demasiado grande, mangas enrolladas hasta los codos. Descalza. El pelo más largo que la última vez, recogido sin cuidado, con un bolígrafo. 

—Hola —dijo Marc.

Iria parpadeó. Como si la palabra la trajera de vuelta.

—Marc. ¿Qué haces aquí?

Marc pensó en responder. En decir algo que tuviera sentido. Algo preparado. Algo que justificara estar ahí, en Toulouse, en Paleficat, delante de su casa.

Pero no dijo nada.

Iria esperó un momento. Después miró detrás de Marc, como buscando algo más. Alguien más.

—¿Cómo…?

—Anna —dijo Marc.

Iria cerró los ojos. Respiró.

—Anna.

—Sí.

Iria abrió los ojos otra vez. Lo miró directamente ahora.

—¿Desde cuándo hablas… hablas tú con Anna?

Marc pensó en la pregunta. En las llamadas. En los mensajes esporádicos. En preguntar cómo estaba Iria sin preguntar directamente.

—Desde hace tiempo.

Iria asintió despacio. No parecía enfadada. Solo… cansada. O sorprendida todavía.

El galgo olisqueó la maleta de Marc.

—Es Eco —dijo Iria.

Marc miró al perro.

—Hola, Eco.

El galgo lo miró con la misma cara de susto de antes. Iria puso la mano en su cabeza.

—No le gustan los desconocidos. Bueno… no le gusta la gente en general. Solo yo.

Marc asintió.

Se quedaron así. Marc en la entrada. Iria en el umbral. El galgo entre los dos.

Finalmente Iria dio un paso atrás.

—Entra. Hace frío.

Marc entró. Dejó la maleta junto a la puerta. Iria cerró detrás de él.

La casa era pequeña. Un salón con cocina abierta. Una escalera de madera al fondo que subía a lo que Marc imaginó sería un altillo o dos habitaciones. Todo olía a leña. Había una estufa abierta, encendida en el salón.

—¿Quieres café? —preguntó Iria.

Marc respondió sin ser consciente que lo hacia.

—Sí.

Iria fue a la cocina. Marc se quedó de pie en el salón. Mirando. Libros en estanterías. Cuadernos apilados en una mesa. Un ordenador. Plantas en la ventana. El galgo lo seguía mirando desde su cama junto a la estufa.

Iria preparó café. Marc oía el agua. La cafetera. Sonidos conocidos.

Volvió con dos tazas. Le dio una a Marc.

—Gracias.

Se sentaron. Iria en el sofá. Marc en una silla frente a ella.

Bebieron en silencio.

Marc la miraba. Iria miraba su taza.

Estaba delgada todavía. Más que en aquella navidad. Más que nunca. Pero algo diferente también. Menos perdida quizá. O perdida de otra forma.

—¿Cuánto tiempo… llevas aquí? —preguntó Marc.

—Diez meses. Más o menos.

Marc asintió. Hacía cuenta mental. Diez meses. Desde marzo del 2014.

—¿Y… te gusta?

Iria miró alrededor. Como si la pregunta fuera sobre la casa. Sobre Toulouse. Sobre Francia.

—Es tranquilo.

Marc esperó. Pero Iria no añadió nada más.

—¿Vives sola?

Iria negó.

—Con Antoine. Ya lo viste en el buzón.

Marc asintió.

—Sí.

—Es el dueño. Yo alquilo una habitación. Viaja mucho y está poco. Trabajo con él también, esporádico.

—¿En qué?

—Traducción. Francés-español.

Marc asintió otra vez. Volvió a mirar la estantería. Sus ojos se fueron a un libro azul claro: Psicología social de la guerra, de Ignacio Martín-Baró.

Iria bebió café. Marc también.

Finalmente Iria dejó la taza en la mesa.

—Marc. ¿Qué haces aquí?

Marc la miró. Sostuvo la mirada.

—Quería verte.

Iria apartó la vista.

—Te dije… te dije en el mail que más adelante podíamos quedar.

—Han pasado dos años.

Iria abrió los ojos. Como sorprendida por eso.

—¿Dos años?

—Desde febrero del 2013. Tu mail.

Iria procesó eso. Marc la vio hacerlo. Contando mental. Dándose cuenta.

—Sí. Dos años.

Marc esperó.

Iria se levantó. Fue a la ventana. Miró fuera. Vio que el cesped había crecido demasiado.

—No deberías haber venido.

Marc bajó la mirada. Pero no como sorpresa. Esperaba que dijera algo así.

—Lo sé.

Iria se giró.

—¿Entonces por qué…?

Marc dejó la taza.

—Perquè no podia no fer-ho.

Iria lo miró. Largo rato. Sintió como sus hombros se relajaban.

Después volvió al sofá. Se sentó. Pero más lejos esta vez. En el otro extremo.

—Marc…

—No he vingut a pressionar-te. Ni a demanar-te res.

Miró al galgo que lo miraba fijamente, con esos ojos tristes.

—Només… només necessitava veure’t. Saber que estaves bé.

Iria inhaló hondo, profundo, exhaló despacio. 

—Estoy bien.

Marc la miró. Lejos de todo lo que conocía. En medio de la… nada.

—D’acord.

Iria lo miró también. Viéndolo realmente ahora.

—Tú… tú estás diferente.

Marc asintió.

—Sí.

—Bien diferente.

Marc pensó en los dos años. En su salida del centro. En Barcelona seis meses con su padre. En volver a Madrid. En trabajar. En vivir solo. En estar bien. Más o menos bien.

—Sí. Estic millor.

Iria asintió despacio.

—Me alegro.