Ediciones desde el borde

Artesanía editorial

La Maleta


Se miró los calcetines.

En un pie uno azul. En el otro, uno negro de rayas ligeramente azules o grises, daba igual, lo importante era que no coincidían. Los llevaba así desde que se había levantado y solo ahora, parado en medio del salón, lo veía.

Dio una vuelta. Del sofá a la ventana. De la ventana a la cocina. Abrió la nevera, la cerró. Fue al baño, se miró en el espejo un momento sin saber bien qué buscaba, salió. Fue al cuarto, miró por la ventana. Volvió al salón.

Se miró los calcetines otra vez.

Salió al balcón. La ropa tendida, quieta, el frío de enero. Vio los calcetines en la cuerda, cogió uno, se quitó el negro, los emparejó.

Volvió a entrar. Siguió dando vueltas.

Después fue al cuarto, abrió el armario, sacó la maleta pequeña. La puso en la cama. Un pantalón. Dos jerseys. Camisetas. Ropa interior. La cerró.

Cogió los auriculares de la mesa. Las llaves. Miró la casa un momento, sin ningún pensamiento concreto, y salió.

El metro iba lleno. Hora punta. Marc se quedó de pie agarrado a la barra y se miró en el cristal de la ventana. La cara reflejada, un poco distorsionada. Una luz parpadeaba en el techo del vagón, cada tres o cuatro segundos, con una regularidad que no era del todo regular.

«Próxima estación: Aeropuerto T4».

Las pantallas del aeropuerto. La puerta de embarque no estaba lejos. Avanzó con la maleta pequeña pensando en esa hora y 22 minutos.

«Señores pasajeros, les habla el comandante. En unos minutos iniciaremos nuestro descenso hacia Toulouse».

Marc cerró el ordenador. Lo guardó. Cogió la chaqueta y esperó.

Toulouse olía a frío húmedo y a algo que no supo identificar. Recorrió los pasillos del aeropuerto pensando en lo oxidado que tenía el francés. Aunque quizá nunca lo había aprendido del todo.

El tranvía. Île du Ramier. Después el metro, línea B hasta el final. Sintió el silencio, casi no se oían voces, aunque el metro fuese lleno.

«Borderouge, terminus. Totes los viatjaires son convidats a quitar la rama…»

Eso sí lo entendía.

Bajó. Miró el teléfono. Veinticinco minutos andando o siete en bus. Prefería caminar.

La ciudad fue cambiando despacio. Las aceras desaparecieron primero. Luego los edificios se fueron haciendo más bajos, más separados, y empezaron los robles y los fresnos, y las calles sin nombre visible y los terrenos amplios con algo que en enero parecía tierra sola pero que en primavera sería probablemente cultivos. Y ese olor, el olor a leña que no estaba al bajarse del metro.

Las casas no estaban pegadas entre sí. Cada una tenía su espacio alrededor, como si se hubieran puesto de acuerdo en no tocarse.

Buscó el número 9. Pensó en el púrpura.

Lo encontró casi escondido entre la hiedra que había crecido alrededor del buzón. Leyó los nombres. Dos. Uno claramente francés. Sintió algo.

El portón blanco no tenía timbre. Miró hacia dentro: un camino de tierra, una casa al fondo, una acacia enorme, dos ciruelos, una parra sin hojas cubriendo la reja que daba al terreno del vecino. El portón estaba sujeto por un neumático de bicicleta pasado por los barrotes, en varias vueltas.

Sonrió.

Abrió el portón con cuidado de no llenarse los zapatos de barro. Siguió las piedras mal puestas del camino hasta la puerta, mitad madera mitad vidrio. Tampoco había timbre.

Esperó unos segundos y tocó.

El ladrido fue inmediato. Marc miró hacia abajo cuando se abrió la puerta y vio un galgo enorme, negro que lo miraba con cara de susto.

Subió la vista.

—¿Qué haces aquí?