Ediciones desde el borde

Artesanía editorial

Ella i el mag


—¿Qué hace el Marc?

Fue lo primero que preguntó Iria al entrar. Aunque no entró, o sea sí, pero sin cruzar la línea imaginaria que separaba la entrada del salón.

Solía quedarse así, de pie en los umbrales, como si contase o verificase algo antes. Miraba sus pies, luego a Pablo, como esperando que dijera algo. Pablo levantó la vista y la miró. Pensó en Iria como esa visita que espera a ser invitada para decidirse a entrar. Miró sus dedos que se movían como si escribieran en un teclado imaginario.

—Sus cosas de las islas supongo.

—¿Qué quieres decir?

—Música. De las Baleares. Lo hace cuando anda triste.

Iria escuchó. Desde la habitación llegaba algo suave, con una voz que no reconocía.

—No está mal lo que suena.

—David Vidal, creo que es.

—No sabía que cantara en catalán.

Pablo soltó una carcajada.

—¡Vidal! No Bisbal. Es uno de la isla de la abuela de Marc.

—¿Menorca?

—Sí —dijo Pablo, todavía con la risa encima.

—¿Por qué está triste?

—No sé. Porque es Marc supongo.

—Eso no es una respuesta.

—Ya, pero es la que tengo.

La puerta de la habitación se abrió. Marc salió descalzo, con el pelo un poco revuelto, y cuando vio a Iria fue directo hacia ella. La abrazó sin decir nada. Apoyó el mentón en su cabeza un momento. Luego hundió la nariz en su pelo, cerró los ojos e inhaló hondo.

—¿De qué os reís?

Pablo señaló a Iria con la cabeza, mientras seguía tocando la guitarra.

—Ha confundido a David Vidal con Bisbal.

—No lo confundí a él —dijo Iria—. Te confundí a ti diciendo su nombre.

—Es lo mismo —dijo Pablo.

—No es lo mismo.

Marc no se rió. Asintió vagamente, como si hubiera escuchado algo que no terminaba de entender o de importarle. Iria lo notó en el peso de su mano cuando la tomó y tiró de ella suave hacia el pasillo.

Cerró la puerta. La música seguía, más nítida ahora. Iria vio la carátula del disco en el escritorio y la cogió. Le dio la vuelta. Leyó la fecha.

—2003. Es… es el año que llegué a España.

Marc levantó la cabeza como buscando algo y por su cabeza se cruzó el 5. Luego la miró.

—¿A qué te refieres?

—Que este disco tiene cinco años. El mismo tiempo que llevo yo acá.

—Ah —hizo una pausa—. Es David Vidal. Menorquín.

—Me gustaba la anterior que sonaba.

—Ella i el mag Huidobro se llama —Marc cogió el disco con cuidado, lo miró un momento y se lo pasó—. Te lo puedes quedar si quieres. Para que aprendas catalán.

Iria sonrió. Leyó el título, se fijo en las gotas de la carátula, eran cinco. Luego pensó en Chile. Quizá por Huidobro. Marc la miraba mirando la caratula, sonriendo. Luego se sentó en el borde de la cama y la sonrisa se fue sola, sin que nadie la empujara.

—¿Qué te pasa?

—Res.

—Marc…

—¿Qué?

—Que te conozco.

Marc se sentó en el borde de la cama. Se quedó mirando el suelo.

—No sé cómo explicarlo.

—Explicándolo.

—Siento que las cosas no tienen sentido —hizo una pausa que ampliaba el volumen de la música —. Que ahora están y que mañana pueden no estar.

—¿Pasó algo?

—No.

—¿Seguro?

—Sí —se recostó hacia atrás, los codos en la cama, mirando una mancha en el techo—. Eso es lo peor. No pasó nada. Me levanté y me sentía así.

—¿Así cómo?

Marc tardó en responder.

—Como cuando miras algo y sabes que está ahí pero no puedes agarrarlo para que no se escape.

Iria se sentó a su lado. Esto me recuerda a algo, pensó, sin ubicarlo aún.

—¿Quieres que me quede?

—Ya estás aquí.

—No me refiero a eso.

Marc la miró entonces. Como si fuera la primera vez.

—Sí —dijo—. Quiero que te quedes.

Iria asintió. No lo tocó todavía. El gesto justo, necesario, no le llegaba, y lo sabía, y se quedó ahí de todas formas, cerca, sin moverse.

Marc cerró los ojos.

La música seguía.

Ella canvia els astres de lloc...