Marc había decidido retomar las clases de canto que había dejado hacía más de siete años. Antes de entrar al centro. O más bien antes de necesitar volver.
Las escaleras de la corrala eran estrechas. Él subió cada escalón, sintiendo algo extraño al verse ahí otra vez: era algo así como nostalgia de otra época, cuando tuvo que aprender a vivir o a disimular que podía vivir con eso (o sin eso).
Llegó al tercer piso. Iba a tocar el timbre cuando se detuvo a un centímetro. Pensó en la mala costumbre que tenía de darle vueltas a las cosas que ya estaban decididas. Ese rumiar largo que le quitaba energía y tiempo. Tocó.
Daniel, su profesor, estaba ahí.
—Hacía rato que no te veía, Marc.
Marc sonrió observando las baldosas del suelo; eran grandes, con un círculo pequeño en el medio. Él siguió tres de esos círculos y se detuvo ahí, entre la puerta y el gran salón que daba a una calle ruidosa. Dejó de mirar las baldosas para mirar a Daniel:
—Sí. Mucho.
—¿Cuánto? ¿Cinco años?
Marc piensa.
—Set. Des del 2019.
Dani silba.
—Siete años. Ostras.
Marc sigue de pie, sobre la tercera baldosa. Incorporando a su archivo mental los cambios que se habían ido sucediendo en ese salón durante los años de ausencia.
—¿Y cómo estás?
Marc levanta la vista.
—Bien. Mejor.
Dani asiente. No pregunta más. Sabe cosas.
—¿Y la voz? ¿Cómo la sientes?
—Diferent. La he recuperat però… però no és igual.
Se da cuenta. Corrige.
—Diferente. La he recuperado, pero no es igual.
—Normal. Pero se puede trabajar.
Marc seguía atrapado en su baldosa, miraba las otras como buscando deliberadamente cuál podría ser la siguiente que sostuviera el peso de sus piernas.
—Cántame algo. Lo que quieras.
Marc lo mira sin moverse. Daniel le hace un gesto indicando una silla en el fondo del salón.
Marc sigue su camino de baldosas con círculos y se sienta. Respira. Cierra los ojos y empieza. Sin transición.
Canción de Tim Buckley. Song to the Siren. La voz sale. Pero Marc siente esa falta de brillo, ese opaco indiferente, como si hubiera un velo en la garganta, entre él y el sonido. Agachó un segundo la cabeza y varios rizos le cayeron sobre la cara, ocultando el gesto de decepción que acababa de instalarse en él.
Termina la primera estrofa. Abre los ojos mientras se ata el pelo, despejando su rostro de los mechones que se resistían a quedarse atrás.
Dani espera.
Marc habla.
—Eso. Antes tenía más luz.
—Sí. Lo oigo. Pero la base está. El color está ahí. Lo que has perdido es resonancia. Apertura.
Dani se levanta.
—Ven. Vamos a hacer ejercicios.
Marc se acerca.
Dani toca una nota en el piano.
—Dame un «ma» largo. Relajado.
Marc canta.
—Maaaaaa.
Dani niega con la cabeza.
—Tienes la garganta cerrada. Aquí.
Se señala el cuello.
—Relaja. Como si bostezaras.
Marc intenta.
—Maaaaaa.
—Mejor. Pero más. Intenta dejar más espacio atrás.
Le señala la parte de atrás de la boca.
Marc intenta visualizar el espacio detrás. Como una cúpula.
Canta otra vez.
—Maaaaaa.
Dani sonríe.
—¡Eso! Ahí está.
Toca otra nota. Más alta.
—Ahora con esta.
Marc canta.
—Maaaaaa.
Se cierra otra vez al subir.
Dani para.
—Cuando subes te cierras. ¿Por qué?
—No ho sé.
Marc fija la vista en la línea que rodea la baldosa bajo sus pies.
—No sé. Automàtic.
Se frustra con las palabras saliendo mezcladas.
—Tienes miedo. Miedo de no llegar.
Marc piensa. Es verdad. Vuelve a las baldosas. Ahora sigue los círculos y ve que son rojos, pero algunos están más gastados que otros, como si no todos hubiesen sido colocados al mismo tiempo. Quizá alguno se rompió y hubo que cambiarlo, piensa.
Dani continúa.
—Antes no tenías miedo. Antes ibas directo. Sin pensar.
Dani hace una pausa, siguiendo la mirada de Marc, que miraba algo en el suelo.
—¿Qué pasó?
—He perdut la confiança.
Para. Traduce.
—He perdido la confianza.
—Vale. Pues la recuperamos.
Dani toca una escala. Subiendo.
—Sígueme. Con «ma». Sin pensar. Solo canta.
—Ma ma ma ma ma ma ma ma.
Subiendo.
Al principio bien. Cuando llega a la nota más alta, se tensa y para.
—¿Qué has sentido?
—Miedo de no llegar.
—Pero has llegado. La nota ha salido.
Marc piensa que es verdad. Pero que aun así sigue sintiendo que no llega.
Dani continúa.
—El problema no es la voz. Es la cabeza. La voz puede. Pero tú no la dejas.
Pero tú no la dejas, se repite Marc para sí mismo.
Dani vuelve al piano.
—Otra vez. Pero ahora cierra los ojos.
Marc cierra los ojos, las baldosas desaparecen.
Dani toca.
Marc sigue.
—Ma ma ma ma ma ma ma ma.
Sin ver. Sin pensar en castellano o catalán. Solo él y el sonido. Llega a otra, sale limpio. Luego, una profunda respiración y, tras ella, el brillo, ligero, está ahí, junto al sonido. Sigue a otra nota. Sale también, todavía mejor que la anterior.
Dani para. Sonríe.
—Abre los ojos.
Marc abre.
—Has llegado. Limpio.
—¿Sí?
—Sí. Cuando no piensas. Cuando solo cantas. Está ahí. Tu voz no se fue. Solo… podríamos decir que tiene miedo.
Marc respira.
Dani continúa.
—Vamos a trabajar eso. La confianza. Que la voz sepa que puede.
Marc asiente mientras vuelve a mirar una baldosa mal encajada.
—D’acord… de acuerdo.
Dani se ríe.
—No pasa nada. Habla como quieras. Aquí no hay examen, el catalán se entiende.
Marc se relaja y piensa en las veces que le han dicho eso y las veces que ha tenido que volver a decirlo en castellano.
Dani toca otra escala, Marc otra vez lo intenta. No piensa. Y no se da cuenta de que no piensa. O tal vez sí piensa, pero no en otras cosas: solo son él y la reconciliación con la voz.
Marc cierra los ojos. Canta. Esta vez llega más arriba que antes.
Limpio.
Brillante.
Ligero.
