Iria esperaba en la puerta del colegio con la bicicleta. Nahuel salió del colegio con la mochila y se acercó.
Iria le ayudó a subir. Nahuel se sentó detrás. Iria empezó a pedalear.
—¿Qué color fue hoy?
—Entre verde y naranja. Más verde.
Pedaleaban por una calle tranquila.
—¿Has llorado?
—…
—¿Y tú?
—Yo sí.
—¿Con qué canción?
—Con una que es un poema de Miguel Hernández.
—¿La primera del disco?
—Sí.
Doblaron una esquina.
—Ya he sacado a las perras.
—Así no tengo que acompañarte luego.
Doblaron otra.
—¿Algo reseñable?
—Me gusta un niño de primero.
—¿Cómo te gusta?
—Quiero pasar tiempo con él. Lo encuentro lindo.
—¿Qué te gusta de él?
—Sus pecas. Sus ojos. Todo. Es muy bonito.
Siguieron pedaleando.
—¿Y hoy qué hicieron?
—Jugamos a perseguirnos.
—¿Cómo?
—Él era un dinosaurio y yo el meteorito que cayó hace sesenta y cinco millones de años.
—Sesenta y seis.
—Sesenta y seis millones de años.
Doblaron otra esquina.
—¿Y él qué dinosaurio era?
—El parasaurolophus. Porque dice que no se come a otros animales y porque canta. A él le gusta cantar.
La calle tenía más tráfico.
—¿Y alguna niña te gusta?
—No. No me gustan las niñas. Me gustan los niños.
—¿Crees que me gustarán también cuando sea grande?
—No sé. A veces se mantiene. A veces cambia. A veces pueden gustarte solo los niños, o solo las niñas, o ambos. Y a veces ninguno.
—¿Y les niñes?
—Iria se rió—. También. O tú a elles.
Subían una cuesta.
—¿Y tú te sientes niñe, niño o niña?
—Niño.
—¿Y estás cómodo siendo niño? ¿O preferirías ser niña o niñe?
—Estoy cómodo. Es lo que soy.
Bajaban otra.
—Aunque en todos lados me confundan con niña.
—Ya.
Doblaron dos esquinas más.
—Quizá yo vaya a ser como el tío Rai, que está casado con David.
—Podría ser.
Iria frenó al llegar a casa y bajaron.
—¿Tú por qué no te has casado?
