Ediciones desde el borde

Artesanía editorial

Viaje


—Vamos a Barcelona con Iria.

—¿Y eso? —dice Marc.

—Tiene ganas de moverse, y como no organice algo, se va sola.

—¿Y qué tiene que se vaya sola?

—Nada. Prefiero ir con ella.

Entra Iria.

—¿Vais a Barcelona? —pregunta Marc.

—Sí, toca Mishima y me apetece verlos. Además tengo ganas de viaje.

Marc mira a Bruno.

—Eso del concierto no lo sabía —dice Bruno.

—No me lo preguntaste. 

Marc se queda mirando a Iria un momento.

—¿Quieres venir? —le pregunta ella.

—Claro, Marc, vente —dice Bruno—. Juan quizá se venga también.

—¿Dónde os quedáis allá?

—En casa de un primo que se ha ido a estudiar a Barcelona.

—Pues quizá me apunto.

Marc mira a Iria.

—¿Has estado en Barcelona?

—No. Llevo un año en España, no ha habido tiempo ni dinero para viajes, entre la universidad y el trabajo.

—Doncs…

Se detiene, se corrige.

—Entonces te va a gustar.

—¿Por qué?

—Perquè és la meva ciutat. —Sonríe un poco—. La meva de veritat, no com Madrid.

Bruno ya está mirando el móvil, calculando fechas, ajeno a la conversación.

—¿Nos harás de guía? —pregunta Iria.

Marc lo piensa, como si la pregunta pesara más de lo que aparenta.

—Sí.


El Clot

—Hemos quedado con Marc a las 17h —dice Iria.

—Yo no voy —dice Juan—. Estoy cansado del viaje. Si eso me uno más tarde.

—¿A quién se le ocurre quedar a las 17? —dice Bruno—. Es muy pronto. Yo tampoco voy, llámalo y dile que quedemos a las 21 o así.

—No voy a cambiar la hora. Estábamos todos de acuerdo con juntarnos a esa hora, y ahora cambian todo.

—Anda tú —dice Juan.

—Claro que iré yo.

Suena el teléfono. Es Marc.

—Aló.

—Iria, quedamos en el Clot, en el metro.

—El Bruno y el Juan dicen que no van.

—Doncs?

—Voy yo. Luego que nos busquen.

—Vale.

Marc le explica cómo llegar hasta el Clot, las paradas, cuánto tardará.

Cuando Iria llega, Marc ya está esperando. Le dice que ha traído una cosa para hacer más fácil el recorrido por la ciudad. Iria pone cara de duda.

Caminan hacia una farola. Marc señala con los dedos, apuntando a dos bicis.

—¿Has traído dos bicis? ¿Cómo lo has hecho?

—Andando un rato, en bici otro rato.

—¿Y cómo habrías hecho si hubiésemos venido los tres?

—No habría traído bicis. Habríamos tenido que caminar.

Iria lo sigue mirando.

—Si no quieres ir en bici, no pasa nada. Las dejamos aquí y nos vamos caminando. Luego las llevo a casa, sin problema.

—No, no… no es eso. Es que no me lo esperaba. Me gusta mucho moverme en bici.

—Lo sé. Por eso las he traído.

Se sube a la suya, comprueba el sillín sin necesidad, por costumbre.

—Y ya verás que aquí es mejor que Madrid. Porque es plano.

Iria lo mira, todavía sin moverse del todo.

—¿Cómo sabías que me gustan las bicis?

Marc se encoge de hombros, como si la pregunta no necesitara mucha reflexión.

—La verdad es que no lo sabía del todo. Ho vaig suposar.

—¿Y si se hubiera equivocado tu suposición?

—Doncs hauríem caminat. No era un risc gran.

Iria se sube por fin, ajusta el manillar.

—¿Por dónde primero?

Marc ya está pedaleando, sin esperar respuesta, señalando con la cabeza una calle a la izquierda.

—Segueix-me.