El contrato fue idea de Iria.
O fue idea de los dos a la vez, que era como llegaban algunas ideas cuando los dos sistemas llevaban suficiente tiempo en contacto: sin autoría clara, sin momento preciso de origen, como si la idea hubiera estado flotando en el piso hasta que alguien la verbalizó primero.
Iria la verbalizó primero.
—Mínimo tres —dijo Iria.
Marc la miró. Iria solía hacer eso, hablar sin dar contexto previo. Como si Marc o cualquiera que no fuera Marc, pudiera leerle la mente.
—¿Tres? ¿Tres qué?
—Orgasmos por encuentro. Mínimo tres. Que es lo que suele… ser.
—¿Es una demanda o una propuesta o qué es?
—Es lo que es… una cláusula.
—¿De qué?
—Del contrato.
—¿Qué contrato, Iria?
—El que estamos haciendo, Marc, el contrato.
Marc miró la mesa. Buscando algo que no encontró. No había ningún contrato. Había el mate que Iria estaba cebando, un libro abierto boca abajo que ninguno de los dos estaba leyendo y una taza de café que Marc había olvidado.
—D’acord —dijo Marc—. Tres.
La siguiente cláusula fue más complicada.
—Frecuencia —dijo Iria.
—¿Por día o por semana?
—Eso es exactamente lo que hay que determinar.
—Por día es demasiado específico. Hay días sin sexo.
—Y días con más de una vez.
—Por semana entonces.
—Por semana —confirmó Iria.
—¿Cuántas veces?
Iria cebó. Le pasó el mate. Marc lo cogió sin mover la bombilla, que era automático ya, que el sistema lo había incorporado sin que nadie le pidiera permiso.
—¿Cuántas te parece razonable? —dijo Iria.
—Depende de la semana.
—El contrato no puede depender de la semana. El contrato establece mínimos.
—Mínimos —repitió Marc—. ¿Cuánto es el mínimo?
—Eso es lo que estamos negociando.
Negociaron.
El proceso de negociación duró más de lo que ninguno de los dos había anticipado porque la negociación requería primero establecer el marco conceptual de lo que se estaba negociando y el marco conceptual generó tres subpreguntas que había que resolver antes de poder responder la pregunta principal y cada subpregunta generó sus propias subpreguntas con una eficiencia que el sistema de Iria reconoció como familiar y el de Marc también aunque ninguno lo dijera.
—¿Número par o impar? —dijo Iria finalmente.
—¿Importa?
—A mí sí.
—¿Por qué?
Iria cebó. Bebió.
—El siete es rosa —dijo.
Marc la miró.
—¿El número?
—El número siete. Es rosa. Me gusta el rosa.
Marc procesó esto con la seriedad con que procesaba las cosas de Iria que no tenían equivalente en su propio sistema pero que tenían una lógica interna perfectamente válida dentro del sistema de ella.
—¿Todos los números impares son rosa?
—No. Solo el siete.
—¿Y los pares?
—Depende… El seis es un color que no me gusta.
—¿Qué color?
—No tiene nombre exacto. Es un color que no me gusta.
Marc asintió. Era información suficiente.
—El cinco.
—¿Qué pasa con el cinco?
—Me gusta el cinco. O el ocho.
—¿El cinco o el ocho?
—Los dos me parecen bien.
—Son incompatibles —dijo Iria—. Uno es impar y el otro es par. No pueden parecerte bien los dos si estamos decidiendo entre par e impar.
—Me parecen bien como números independientemente de su paridad.
Iria consideró lo que decía Marc, como hacía siempre con las cosas de Marc. O bueno, casi siempre.
—¿De qué color es el cinco para ti?
Marc pensó. Marc no tenía sinestesia numérica pero tenía otras cosas y a veces las cosas que tenía producían respuestas a preguntas que técnicamente no podía responder.
—No tiene color —dijo—. Tiene textura.
—¿Qué textura?
—Madera. Madera lijada.
—El siete es más suave que la madera lijada —dijo.
—¿El rosa es suave?
—Este rosa sí.
El silencio. El mate. O el mate y el silencio.
—El cinco me parece poco —dijo Marc.
—¿Poco para qué?
—Para la semana. Cinco veces a la semana es…
—Es el mínimo —dijo Iria—. No el máximo. Y ya… Nos conocemos.
—¿El contrato habla de mínimos? ¿Eso no nos condicionará a hacerlo poco?
—El contrato habla de mínimos —confirmó Iria—. No tenemos que ceñirnos a ese minimo.
—Entonces cinco puede ser suficiente como mínimo aunque no sea suficiente como número total.
—Exacto… eso es.
Marc lo pensó. Era una distinción importante. El mínimo no era el objetivo. El mínimo era el suelo. El suelo podía estar en cinco y el objetivo podía estar en siete sin que hubiera contradicción porque el suelo y el objetivo eran categorías distintas que el contrato regulaba de manera independiente. Marc seguía dudando, el 5 podía conversirse en objetivo en vez de suelo. No quería correr riesgo.
—Siete —dijo finalmente.
—¿El mínimo?
—El mínimo.
Iria miró el mate. La yerba que empezaba a reclamar urgentemente un cambio.
—El siete es rosa —dijo.
—Ya lo sé.
—¿Y eso está bien?
—El rosa de ese siete —dijo Marc— me parece bien.
Iria cebó. Le pasó el mate. Marc bebió. Devolvió.
—¿El contrato tiene más cláusulas? —dijo Marc.
—Probablemente.
—¿Cuántas?
—No está determinado todavía. El contrato está en, podríamos decir… proceso de redacción.
—¿Quién lo redacta?
—Los dos.
—¿Simultáneamente?
—Alternativamente —dijo Iria—. Una cláusula cada uno.
—¿En qué orden?
—Podemos votar.
—Somos dos —dijo Marc—. Si hay empate no se resuelve.
—Entonces —dijo Iria— lo decide el siete.
Marc la miró.
—¿El número?
—El número. Es rosa. Me da buenas sensaciones. Le delegamos el desempate.
Marc consideró esto.
Era un sistema de resolución de conflictos poco convencional. Era también, dado el contexto, perfectamente razonable.
—De acuerdo —dijo.
El contrato, sin estar escrito, tenía ya dos cláusulas y un árbitro.
El árbitro era rosa.
El mate siguió circulando.
El protocolo no había sido informado de nada y continuó con total indiferencia hacia lo que estaba ocurriendo en esa mesa entre esas dos personas que llevaban un rato negociando los mínimos de algo que, por definición, no tenía techo.
