Ediciones desde el borde

Artesanía editorial

América


La mañana era como todas las mañanas: mate, Iria cebando, Marc esperando.

Iria estaba completamente absorta en la lectura. El libro de su tío hablaba de la cárcel, de los presos políticos, y ella parecía haberse ido ahí dentro.

Marc la miraba desde el otro lado de la mesa.

Iria cebó un mate. Se lo tomó.

Cebó otro. También.

Y otro más.

Marc seguía esperando.

Al quinto, levantó la vista un segundo, como si acabara de recordar que no estaba sola.

—¿Por qué tanto matedesplante esta mañana? —dice Marc.

—¿Cómo?

—Que només el beus tu.

Iria suelta una carcajada.

—Te has vuelto matero.

Le pasa el termo con una solemnidad absurda, casi ceremonial.

—Toma. Ceba tú.

— Quel honneur !

—Hace mucho que no hablabas en francés.

—Desde Toulouse.

—Desde Toulouse.

— Y hablando de Francia. ¿Por qué te gusta tanto Truffaut?

Iria había vuelto al libro. Levanta la vista.

—¿A qué viene eso?

—Lo estaba pensando.

—¿Ahora?

—Ahora.

Iria cierra el libro.

—¿Qué quieres saber exactamente?

—Si te identificas con alguien. Con alguna situación… Con algo.

Iria duda un momento, como si evaluara si vale la pena decirlo. Aunque, como casi siempre, termina respondiendo.

—Con las mujeres no.

—¿No?

—No las entiendo del todo… Las miro y pienso en hombres que he conocido.

Marc la mira.

—¿En cuáles?

—En distintos. Según la película. Catherine en Jules et Jim me recuerda a alguien. Fabienne en La sirène. Chloé.

—¿A quién?

—A personas distintas.

Marc no insiste.

—I amb qui t’hi sents, de veritat?

Iria vuelve a tener el mate entre las manos. Tarda en responder.

—Con Antoine Doinel.

—¿Por qué Doinel?

—Porque el mundo no está hecho para él y él lo sabe y sigue intentando vivir en el mundo igual… Truffaut lo sigue desde los doce años, hasta los treinta y pico. En Los cuatrocientos golpes es un niño que nadie sabe leer. Luego es adulto y sigue sin encajar del todo. Sigue… sigue siendo ese niño aunque tenga trabajo, pareja, una vida aparentemente normal. Ese fondo que no cambia nunca.

—¿Y eso te suena?

—Sí.

—¿Y Rohmer? —dice Marc—. También te gusta.

—También. Pero es distinto.

—¿Por qué?

—Rohmer es demasiado limpio. Demasiado perfecto dentro de su imperfección… Los personajes piensan mucho. Hablan mucho. Todo muy contenido. Muy en su sitio incluso cuando están perdidos.

—¿Y eso no te gusta?

—Me gusta verlo. Pero no me reconozco ahí del todo.

—¿On et reconeixes?

Iria tarda.

—En Gaspard. De Conte d’été.

—¿El músico?

—Sí. Está en una isla un verano, esperando no sabe muy bien qué. Hay tres mujeres alrededor que lo quieren de formas distintas. Y él no elige ninguna del todo… Desde fuera parece indeciso. Pero no es eso. Es que dice una cosa que me quedó — que hay gente que se integra muy bien en la vida, que sabe encajar, y que él no. Que nota ese desfase con el resto. Y mientras nota ese desfase, flota.

—¿Y tú flotas?

—He flotado. Sí.

Marc no dice nada. Sigue cebando el mate, intentando no mover la bombilla. Ladea apenas la calabaza y hace entrar el agua por un costado, inclinado.

—Lo que me gusta de Gaspard —sigue Iria— es que separa las cosas con precisión. Con una mujer comparte la música. Con otra la conversación. Con otra el deseo. Y no finge que una sola puede ser todo… No sabe lo que quiere. Pero tiene muy claro lo que no quiere.

—Eso también te suena.

—Sí.

—¿A qué época?

Iria lo mira. Después mira el mate. “Habría que cambiar la yerba”, piensa. No responde enseguida.

—A varias.

Marc asiente. Vuelve a poner “America”, de Simon & Garfunkel. Llevaba sonando toda la mañana y ninguno de los dos parecía notarlo ya.

Los bucles infinitos formaban parte del mate.

—La diferencia entre Rohmer y Truffaut —continúa Iria— es que en Truffaut siempre se pierde algo. Siempre hay un coste real. Las cosas no se resuelven en una conversación perfecta con buena luz.

—¿Y en Rohmer?

—En Rohmer a veces llegan. Pero… no sé, es demasiado ordenado para ser verdad del todo.

—¿Y tu vida sería más…Truffaut?

—Mi vida sería más… Truffaut, sí.

—¿I tu? —dice Iria—. ¿Con quién te ves tú?

Marc tarda en responder. Acaricia distraídamente la bombilla con la yema de los dedos.

—No sé.

—¿No sabes o no quieres decirlo?

—No ho sé. De veritat.

Iria lo mira.

—Yo sí sé.

Marc la mira.

—¿Sí?

—Bueno… Yo sí sé cómo te veo yo.

—¿Cómo?

—Como la canción de Gaspard.

Marc no dice nada. Marca el ritmo de la canción con los dedos sobre la bombilla.

—Gaspard —continúa Iria— tiene una canción que está escribiendo todo el verano. La toca, la deja, vuelve a ella. No la termina porque no sabe cómo terminarla. No porque no sepa componerla, porque no encuentra la pieza que la cierre… Y al final del verano la encuentra. Y la termina. Y suena exactamente como tenía que sonar.

Marc deja de mirar la bombilla del mate para mirarla a ella.

—¿Y yo soy la canción?

—Eres la canción que tardé mucho en saber cómo terminar.

Marc no dice nada durante un momento. Mira hacia el altavoz y piensa: “America” tres veces antes de terminar.

—¿I ara? —dice—. Ara la saps.

Iria lo mira.

—Ahora la sé.