Todavía no había recuperado del todo la respiración cuando lo dijo.
—Me he metido en un problema.
Marc estaba boca arriba a su lado. No dijo nada. Esperó.
—Mi cuerpo —dijo Iria— acaba de recibir información que no tenía. Y ahora la tiene. Y no se puede devolver.
—¿Qué información?
Iria miró el techo. El techo no tenía respuesta pero era una superficie neutra y en ese momento necesitaba una superficie neutra.
—Que esto es posible —dijo—. Que yo soy capaz de esto. No lo sabía. O lo sabía en teoría pero la teoría y esto —hizo un gesto vago con la mano que abarcaba la cama, su propio cuerpo, el aire entre los dos— no son la misma cosa.
Marc giró levemente la cabeza hacia ella.
—¿Cuántas veces? —dijo.
No era una pregunta de ego. Iria lo supo por el tono, que era el mismo que usaba cuando necesitaba datos reales para entender algo.
—No las conté —dijo Iria—. Nunca las había contado porque nunca había habido suficientes para que contar tuviera sentido.
Marc no dijo nada.
Pero Iria supo, por cómo lo dijo, que él sí.
—El problema —continuó Iria— es que el cuerpo aprende. Es su función. Aprende y después no acepta menos. No por voluntad. Por biología. El umbral se desplaza y ya no vuelve a su posición original.
—¿Eso es el problema?
—Eso es el problema.
Marc no respondió de inmediato. Iria podía sentir el calor de su cuerpo sin tocarlo, que era ya de por sí demasiada información para el sistema.
—¿Y yo soy el problema? —dijo Marc.
—Tú eres la causa del problema —dijo Iria—. Es distinto.
—¿Es distinto?
—El problema lo tengo yo. Tú solo has alterado una variable que llevaba toda mi vida en un valor que resultó ser incorrecto.
Marc se quedó quieto procesando esto. Iria conocía ese silencio: incomodidad no era, estaba construyendo algo antes de decirlo.
—¿Qué valor tenía la variable? —dijo.
—Cero —dijo Iria—. O cerca de cero. Lo suficientemente bajo para que el sistema lo considerara el estado normal y organizara todo lo demás alrededor de eso.
—¿Y ahora?
—Ahora el sistema tiene que reorganizarse. Y la reorganización —dijo— consume recursos que no había presupuestado para esto.
Marc soltó algo que podía confundirse con una risa, pero que no lo era.
—Lo siento —dijo.
—No lo sientes.
—No —admitió—. No lo siento.
Iria tampoco lo sentía. Ese era precisamente el problema: que no lo sentía en absoluto y que eso era irreversible y que la próxima vez el cuerpo ya sabría lo que era posible y lo exigiría con la indiferencia metódica con que los cuerpos exigen las cosas que han aprendido a necesitar.
—La próxima vez —dijo Iria— mi cuerpo no va a querer menos.
—Lo sé.
—¿Lo sabes?
—Lo sé —repitió Marc, y lo dijo de una manera que significaba que no era información nueva para él, que él ya lo había sabido antes, que él había sabido lo que estaba haciendo aunque no hubiera dicho nada.
Iria giró la cabeza hacia él por primera vez desde que había empezado a hablar. Lo miró. Él la estaba mirando ya.
—¿Tú lo sabías? —dijo.
—Sospechaba.
—¿Y no dijiste nada?
—¿Qué tendría que haber dicho?
Iria no respondió porque no había respuesta. No había protocolo para avisar a alguien de que está a punto de aprender algo que no podrá desaprender. O si lo había, nadie se lo había enseñado a ninguno de los dos.
—Esto es un problema —repitió Iria, pero esta vez sin la frialdad de antes. Esta vez con algo debajo que no era el miedo, ese miedo… pero que usaba el mismo sistema nervioso.
Marc extendió la mano. La dejó sobre la cama entre los dos, hacia arriba, sin decir nada.
Iria la miró.
El cuerpo ya sabía lo que quería hacer. El cuerpo había actualizado sus parámetros sin pedir permiso y ahora operaba con información nueva y sin instrucciones de manejo y sin carpeta asignada y sin ningún formulario que cubriera esta situación específica.
Puso su mano encima de la de Marc.
—Un problema muy concreto —dijo.
—Sí —dijo Marc.
—Que no tiene solución.
—No —dijo Marc.
—Solo tiene continuación.
—Sí.
Fuera la calle seguía. Siempre seguía. Todo seguía siempre.
No había sido informada de nada y no tenía intención de detenerse por eso.
El cuerpo de Iria, que tampoco tenía intención de detenerse, registró el calor de la mano de Marc con la precisión silenciosa de algo que acaba de entender que ya no va a poder fingir que no sabe lo que sabe.
El umbral, desplazado, no volvió a su posición original.
No iba a volver.
