Están sentados Pablo, Teresa y otros del grupo. Los de siempre. Los que suelen juntarse a tocar en la Dos de Mayo.
—¿Sabéis que Iria y Bruno ya no están juntos? —dice Teresa.
Algunos confirman que ya lo saben mientras otros ponen cara de sorpresa.
—Sí.
—Ya.
—No es asunto nuestro —dice Pablo.
—Bueno —dice Teresa—. A mí no me gustaría que, porque Iria y Bruno hayan terminado… Porque todos sabemos por qué han terminado.
Nadie dice nada.
—Que ahora el grupo se vaya a… —busca la frase—. Que no podamos seguir juntándonos para tocar.
—No creo que pase eso —dice Pablo.
—¿Pero qué ha pasado con Bruno? —dice alguien.
—Pues que Iria se ha ido con Marc —dice Teresa.
—No es cierto —dice Pablo—. Eso no es así.
—Sí —dice Teresa—. Sabes que sí. Y eso no se hace. Eran amigos.
—No… bueno. Tampoco eran tan amigos.
—Bueno —dice otra voz—. Es que Marc no es amigo de nadie.
—¿Cómo que no?— replica Pablo.
—No sé… Es un tío raro. Es callado. No habla. Nunca sabes muy bien qué está pensando. No sabes si es inocente o si se hace el tonto.
—Bueno —dice Teresa—. Iria es parecida, ¿no?
Lo dice evitando mirar a Pablo.
—O sabemos todo… o no sabemos nada. No tiene término medio.
Alguien mira hacia el otro lado de la plaza.
—Ahí viene. Es inconfundible con ese gorro rosa que lleva.
Algunos ríen. Marc aparece a lo lejos. Camina despacio, con la funda cruzada a la espalda. Lleva los auriculares puestos. Uno solo, el izquierdo.
Se miran entre ellos. Marc llega sin mirar a nadie. Deja la funda en el suelo, abre la cremallera y hace el ruido que hace siempre. Saca la guitarra, la coloca sobre la pierna y comprueba la primera cuerda con el pulgar, comprueba la segunda. Una vez que ha comprobado todo, levanta la cabeza y saluda.
—Hola —responden todos al unísono.
Una paloma pasa cerca. Marc la sigue medio segundo con la vista y vuelve a la cuerda.
—¿Dónde está Iria? —dice Teresa sin premábulo.
Marc levanta la vista y la mira como si volviese de lejos.
—No lo sé.
Vuelve a la guitarra. Las cuerdas suenan sueltas, una a una. Él escucha cada una como si fuera la primera vez que las escucha.
Desde lejos aparece alguien. Teresa mira y hace un gesto a los demás, todos miran menos Marc. El sigue afinando la guitarra. No levanta la cabeza hasta que Pablo le toca con el pie.
Joel estaba ahí, a veinte metros. Camina con las manos en los bolsillos. Se acerca y se une al círculo improvisado.
—Buenas.
—Ey.
—Hola.
Se sienta. Mira alrededor. Hay algo en cómo mira que ya lo dice todo, pero nadie dice nada todavía.
—Mi hermano no ha querido venir.
Teresa mira a Pablo.
—¿Ves? Es lo que decía.
—Bueno —dice Joel—. Ya se le pasará.
Mira a Marc.
—Pero es normal que no quiera venir, ¿no?
Marc tiene la mano sobre las cuerdas. No afina. No toca. La mano está ahí.
—No sé.
—¿Cómo que no sabes? Iria está contigo ¿no?
La mano sigue sobre las cuerdas.
—Está en tu casa ¿no? O ¿dónde está Iria?
Marc levanta la vista, mira a Joel y después a las palomas que se posan en medio de la plaza.
—No lo sé.
—Pero estáis juntos, ¿no?
—No… no.
—¿Cómo que no? ¿Dónde está viviendo Iria? ¿Está viviendo contigo?
Hay un momento donde Marc no contesta. El orden de las cosas no llega en el orden que llega a los demás.
—No… no.
Un niño asusta a las palomas. Marc se sobresalta y las sigue con la mirada.
—No la he visto. No sé… no sé nada de ella.
Una cuerda. Suena sola, sin querer, porque ha movido la mano.
—Bueno… no. No es cierto. Sí. Está en mi casa.
La cuerda todavía resuena un poco.
—Pero no estamos juntos.
—¿Cómo que no? O sea… ¿cómo que no estáis juntos si estáis viviendo juntos ya? Terminó como quien dice ayer con Bruno y hoy está viviendo contigo…
—Sí… o sea no, no estamos juntos.
Ajusta la cuerda que acaba de sonar. Como si necesitara hacer algo con las manos mientras ordena.
—Te he dicho que está en mi casa. Pero no estamos juntos. No es lo mismo.
—Entonces, ¿qué?
Marc mira la sexta cuerda y la pulsa. El sonido es grave, largo.
—Está en mi casa porque no tenía dónde ir, ha llamado a gente… y nadie podía. Nadie le ha dicho que sí… y tenía que irse de tu casa ¿no?
Mira a Joel. Luego al resto. Algo cambia en cómo está sentado, un ajuste del cuerpo, como cuando se va a decir algo que cuesta traducir.
—Y… a diferencia de vosotros.
Para.
—De vosotros… si os quedáis sin casa un día, podéis llamar a vuestros padres, a vuestros primos, a vuestros tíos. A vuestros abuelos. A… vuestros amigos de toda la vida.
Hizo una pausa por si alguien quería añadir algo, nadie dijo nada.
—Tenéis dónde ir… ella no. Y eso… le ofrecí mi casa.
Mira con aire distraído hacia las palomas que se habían vuelto a reunir en medio de la plaza.
—No quería venir, pero al final ha venido, pero no… no estamos juntos.
—Es verdad —dice Pablo—. Ha aceptado porque yo también hablé con ella. Y no… no están juntos. Si por «estar juntos» os referís a dormir juntos.
Marc aparta la mirada de las palomas y mira el disco, sobre la funda de la guitarra, sin abrir: The Pirate’s Gospel, de Alela Diane. 2006, repite en su cabeza la fecha. Luego recuerda que es el año en que conoció a Iria. Hace dos años. Pablo sigue hablando.
—No… Iria duerme en la habitación de Marc, él duerme en el sofá.
Marc mira la guitarra.
Pulsa la primera cuerda otra vez.
