Las tres tienen las manos ocupadas con las pipas, que crujen al partirse entre los dientes. Marta recorre el lugar con la mirada, como siempre hace con los espacios nuevos: las paredes, los objetos, la luz.
—¿Puedo mirar los libros? —pregunta Marta.
—Claro —responde Iria.
Marta se levanta. Se planta delante de la estantería y empieza a leer lomos despacio, sin prisa, con el vaso en la mano. Anna e Iria siguen hablando detrás: la universidad, el trabajo, del terremoto en Chile, que hacía dos semanas que había sido, que fue un 8,8 y que decían que había desplazado el eje de la Tierra.
Marta se detiene. Saca un libro. La terra prohibida, de Manuel de Pedrolo. Lo abre por la primera página.
«Marc. 2008»
Lo hojea despacio. Catalán. Y entonces cae algo —una foto entre las páginas— que coge antes de que llegue al suelo.
La mira.
Una chica morena y un chico rubio. Él tiene el brazo sobre los hombros de ella, los dos mirando a cámara. Ella sonriendo de lado, él con los ojos entrecerrados por el sol.
Marta mira la foto fijamente.
Anna se acerca. La ve. Le dice bajito, casi sin mover los labios:
—Cierra eso.
—¿Por qué? —dice Marta, sin bajar la voz.
Iria se gira.
—No pasa nada. Es una foto con un ex novio.
Marta la mira. Mira la foto otra vez.
—Quizá sea tomarme demasiada confianza con lo que voy a decir.
—Dale —dice Iria.
—Soy pintora. Y si algún día no te molesta… me gustaría pintaros. Aunque sea en esa foto.
Iria la mira.
—¿Por qué a nosotros?
—Me gusta pintar contrastes —Marta sostiene la foto hacia la luz un momento—. Tú morena, él blanco… Tus ojos oscuros, los suyos azules. Su pelo rizado y claro, el tuyo liso y oscuro. Es un contraste muy…. muy bonito. Si algún día te animas, podrías prestarme la foto.
Anna mira a Marta con una cara que dice claramente que acaba de decir algo que no debía.
Iria lo ve. Mira a Anna. Mira a Marta. Coge la foto.
La mira un momento — no mucho, lo justo.
—Llévatela si quieres.
Cenan. La mesa pequeña del piso de Iria, las tres un poco apretadas, los platos todos distintos.
Marta le cuenta que está en un fanzine lésbico. Que llevan tres números, que el cuarto sale en abril.
—Me interesaría verlo —dice Iria—. ¿Me dejas alguno o me dices cómo conseguirlo?
—Claro, te lo traigo la próxima vez o te lo dejo con Anna. ¿Te gustan los fanzines?
—Mucho. ¿Conoces The Comet?
Marta niega.
—Se suele decir que es el primer fanzine de la historia. Salió en 1930, en Estados Unidos. Era de ciencia ficción… aunque tampoco está tan claro. Antes ya había cosas, pero The Comet… The Comet es el que más se repite —hace un gesto con la mano, como quitándole importancia—. Es que en esa época había mucho de eso… gente escribiendo, imprimiendo en casa, mandándolo por correo. Y a la vez los de la radio, montándose emisoras y hablando con desconocidos por frecuencias. Como redes, pero sin internet… Increíble
Anna levanta su vaso.
—Es una friki. Todos esos datos raros los tiene aquí —Se señala la cabeza.
—No son datos raros —dice Iria—. Son datos interesantes.
—Para ti.
—Para cualquiera que le interese el tema.
—¿Y a cuánta gente le interesa el origen de los fanzines?
—A más de la que crees.
Marta se ríe.
—A mí me interesa. Ahora —Mira a Iria—. ¿Hay más?
—¿Más qué?
—Datos interesantes.
Anna cierra los ojos. Se acomoda en la silla, sonriendo.
—Depende de cuánto tiempo tengas.
