—Nahuel. Hoy vamos al aeropuerto.
Nahuel levanta la vista del libro. Iria mira la página: una colisión sobre fondo oscuro. No distingue qué.
—¿Por qué?
Iria duda un segundo. Sigue mirando la página del libro que Nahuel tiene abierto.
—A ver a… un familiar que hace escala en Madrid. Quiero saludarlo. Y presentártelo.
—¿Cuánto tiempo?
Iria calcula. Y al calcular, recuerda el vértigo que sentía de niña cuando pensaba en el universo.
—Dos horas. Tres quizá.
—Vale.
Vuelve al libro, sigue observando los detalles de la luz, de la colisión.
Iria guarda unos bocadillos en su bolso.
—Salimos en veinte minutos.
Nahuel asiente sin levantar la vista.
El tren estaba lleno, pero en el fondo había un asiento libre. Nahuel fue hacia él y se sentó enseguida.
—¿Me pasas los cascos? Los auriculares.
Iria se quita los auriculares del cuello y se los da.
—¿Podcast o música?
—Podcast.
Se los pone, saca el cuaderno y empieza a dibujar. Iria lo mira un momento, concentrado, absorto en el dibujo de un pirata. Saca La plaça del Diamant del bolso y empieza a leer mientras el tren avanza.
—¿Cuánto falta? —pregunta Nahuel
—Es la siguiente parada —responde Iria.
Sienten el cambio de temperatura al bajar del tren. Caminan hacia la zona de salidas. Nahuel toma la mano de Iria y, con la otra, la aprieta. Iria responde con más presión.
El móvil empieza a sonar.
—¿Tío? Sí. Estamos aquí. En la planta 0, en salidas. ¿Dónde estás tú?
Silencio.
—Vale. Te veo.
Cuelga.
—Ya viene.
Nahuel asiente. Le devuelve los cascos a Iria. Esperan. Mientras, Nahuel le pregunta cómo es y si tiene alguna foto. Iria va a responder cuando lo ve: un hombre alto, de pelo blanco, con aspecto cansado del viaje, aparece.
Iria sonríe. Se abrazan. Fuerte. Largo.
Iria se separa.
—Este es Nahuel. Lo viste cuando tenía ¿cuánto? ¿2 años?
—Menos —responde él.
El tío mira a Nahuel, luego a Iria.
—¿Qué edad tiene ahora?
—Ocho. Bueno, ocho hará en junio.
Nahuel la mira sin mirarla.
—Siempre dices eso.
Pausa.
—No tengo ocho años hasta que los cumpla.
Sigue mirando a Iria, esta vez con la mirada fija, casi sin pestañear.
—No entiendo por qué lo dices.
El tío se ríe.
—Entonces sigues teniendo siete. Incluso el día antes de cumplir 8.
—Claro —dice Nahuel encogiéndose de hombros y mirando las ruedas de una maleta que pasa por su lado.
El tío sonríe.
—Hola, Nahuel. Que no nos hemos saludado todavía.
Nahuel tarda un instante en responder.
—Hola.
Extiende la mano. Formal. El tío la estrecha de vuelta.
Se sientan en la zona de espera. Nahuel saca del bolso de Iria la plastilina de su set de “viaje”, como lo llamaba él. Se sienta en el suelo y empieza a hacer un diablo negro.
El tío mira a Iria.
—¿Cómo estás?
Iria sostiene la mirada un segundo.
—Bien. Trabajando mucho… bueno, lo de siempre.
—Lo de siempre —repite él.
Pausa.
—Yo vengo de presentar un libro.
Iria inclina un poco la cabeza.
—¿Sí? ¿Qué libro?
El tío busca la palabra.
—Sobre mi época. En la cárcel.
—Ya.
Nahuel levanta la vista.
—¿Has estado preso?
El tío lo mira.
—Sí.
Nahuel se queda quieto.
—¿Por qué?
El tío tarda en responde, mira a Iria y luego vuelve a Nahuel.
—Por defender a un presidente. Hace muchos años.
Nahuel sigue.
—¿Qué presidente?
—Se llamaba Salvador Allende.
—Ah. Lo conozco.
—¿Sí?
Nahuel vuelve a la plastilina, esta vez una de color escuro. Ahora construye los dientes del diablo negro.
—Sí. Me interesó hace unos años.
Lo dice como si fuera mayor. Como si “hace unos años” fueran décadas.
—Le gustaba jugar al ajedrez. Y era bueno.
—Sí. Eso es verdad.
El tío mira a Iria, como pidiendo permiso para seguir contando delante de Nahuel. Ella asiente con la cabeza y él continúa.
—El libro cuenta eso. Y también… lo de la fuga de la cárcel.
Nahuel se detiene otra vez.
—¿Tú te fugaste?
El tío niega.
—No. Yo fui compañero de prisión de los que se escaparon. Ese era otro grupo de presos políticos… estábamos organizados por… grupos.
Nahuel vuelve a la plastilina:
—Como Yoshie Shiratori.
…
—Se escapó tres veces. Se dislocaba los hombros.
El tío se queda un momento pensando.
—No sabía eso.
Se ríe bajo.
Nahuel asiente. Sigue con la plastilina. El tío mira a Iria que se encoge de hombros leve.
El tío vuelve a Nahuel.
—¿Y cómo te interesan esos temas? ¿Las fugas? ¿Las cárceles?
Nahuel, concentrado:
—Por los podcast que escucho… me gustan los antihéroes… los piratas también.
El tío se ríe mientras mira los dientes del diablo negro ya casi terminados.
—Antihéroes y piratas entonces.
—Sí —responde Nahuel, mientras sigue con la plastilina. Modela algo pequeño entre los dedos. Probablemente la antena.
