Ediciones desde el borde

Artesanía editorial

El jardín


El jardín de su padre tenía la misma luz de media tarde que Marc recordaba de cuando era pequeño. La misma dirección. El mismo ángulo. Chocando en un banco blanco que se mantenía intacto a pesar de los años. Solo le faltaba un pequeño trozo en la punta.

Nahuel estaba en cuclillas junto a la jardinera, con algunas piedras extendidas en el suelo y otras aún en el saquito rosa, catalogándolas con esa concentración suya que parecía algo así como un inventario. Llevaba un rato así, moviéndolas, probando órdenes distintos, descartando. Guardando y volviendo a sacar.

Alineaba las piedras con precisión, siguiendo líneas que solo él parecía ver.

Marc miró el suelo un momento, las aristas, las direcciones. Pensó hacia dónde apuntaban.

—Avi.

El padre de Marc levantó la vista desde el banco donde leía.

—Digues.

—M’ajudes a ordenar-les?

El padre dejó el libro sin doblar la página, que era algo que Marc nunca había entendido cómo hacía, y que era lo mismo que le había visto hacer a Iria miles de veces. Fue hacia Nahuel. Se puso en cuclillas a su lado con esa facilidad que tenía todavía, para su edad.

—Com les vols?


—Primer per color. Després per mida.

—D’acord.

Marc los miraba desde el umbral. Su padre cogiendo piedras. Nahuel explicándole el sistema con esa seriedad suya, señalando cuál iba dónde, corrigiendo cuando el abuelo se equivocaba de categoría. El padre aceptando la corrección sin problema.

Desde dentro, la voz de Joan Miquel Oliver otra vez sonando.

Iria salió. Se paró un momento a su lado, mirando al jardín.

Marc la miró.

Le sonrió.

Ella no dijo nada. Se acercó. Marc la rodeó con el brazo y ella se giró hacia él y se abrazaron. Marc cerró los ojos, hundiendo la cara en su pelo, respirando profundo mientras pensaba en ese olor, su olor.

Iria tenía la cara contra su cuello. Marc notó que respiraba despacio, que se acomodaba, que no tenía prisa por separarse.

“Oxitocina” seguía sonando.

Se quedaron así un rato largo.

—Te quiero mucho —dijo Iria. Lo dijo en voz baja, contra su cuello. Las palabras salieron como algo que necesitaba decir en ese momento concreto o que llevaba tiempo queriendo decir y no había dicho aún.

Marc no respondió con palabras. La apretó un poco más.

Después Iria se separó.

Marc la miró.

Ella no estaba.

Su padre y Nahuel seguían con las piedras.

Nahuel encontró una que no encajaba en ninguna categoría y se la mostró al abuelo con el ceño fruncido. El padre la examinó, la sopesó, dijo algo que Marc no oyó desde ahí.

Nahuel asintió. Satisfecho.

Marc se quedó mirándolos.